Capítulo I
La noche caía resplandeciente en el
suelo desolado de aquel bosque perdido…
Lance frustrada la bola de papel al suelo,
pensando en todos aquellos cuentos buenos que van a romper expectativas en el
curso por su talento impreso. Sin embargo, el mío se iría al tacho de basura y
con un 1.0 tatuado en la parte más alta de aquella noble hoja, que me prestaba
servicios a mí.
Me levanto de la silla preocupada, pensando en la
Universidad, en todas las responsabilidades que conllevaba el agujero profundo
que era el estudio de la literatura. Mientras pensaba en aquello, me abrigaba
con mi chaqueta de color plomizo, y me disponía a peinarme, sin saber porque, a
lo mejor mi mente y mi conciencia me decían que saliera de la casa. Pensé en el lado bueno del estudio. Manuel, mi mejor amigo, que últimamente se
mostraba más afectuoso e Isabel, la muchacha que también consideraba mi amiga, y
que estaba obsesionada con un cantante que se llamaba ¡Justin Bieber! y por muy pequeña que fuera su mochila, parecía eterna en cuanto a las fotos y chapas despegables del rubio -Que por cierto, no era atractivo- que era uno de los artistas renombrados de estos años. Junto a mis amigos me reía y me sentía tan bien...Todo lo
contrario ocurría cuando estaba sola. Mis padres me habían impulsado a salir de
casa pronto, para tener una boca “de pobre” menos que alimentar. Nunca apoyaron
mis gustos filosóficos y lectores. Ni mis dotes musicales, por lo tanto, era
mejor sacarse de encima a una muchacha aburrida y destinada a ser la más pobre
del mundo. Hasta que mi cabello castaño
estuvo liso, y mis jean abrochados, no pude salir. Y cuando al fin termine la
tediosa tarea de desenredar mi pelo, subí el cierre, y abotone el recién
nombrado jean azul marino que use en el día del mechoneo en la universidad. Me
dirigí al salón de recibimiento de visitas, y me dispuse a abrir la puerta de
entrada, cuando sentí que detrás de ella había otra persona. Me congele en
fracción de segundos. Nadie solía visitarme a estas horas de la noche. Miro mi
reloj, son las 21.00 hrs. Y nadie saldría con aquella lluvia torrencial que te
congela además de la creativa muchacha que estaba apunto de salir (Yo)… ¡ah! Y la estúpida e inocente María… ¿Qué será de
mi hermana, la pequeña de 5 años que deje atrás? ¿Cómo puedo tratarla aun de
estúpida? Como si hubiera salido de un profundo sueño, me percaté de que
golpeaban la puerta afanosamente. A fin de cuentas, tenía que abrir. ¿Qué me
podría pasar? Gire la perilla rápidamente y jale con seguridad, abriéndose así todo tipo de protección, dejándome indefensa. Cuando terminé de abrir observe al hombre que estaba en el umbral de la puerta, el Señor Morales, padre de Isabel, cartero desde hace 5
años, vivía a 2 cuadras de aquí, por eso le salia facil entregar los paquetes, a pesar de que no entendía su impuntualidad ¿Por que se retraso tanto con sus entregas esta vez?, venía empapado con húmedas gotas de la
espesa lluvia que caía en ese momento. Me devolvió la mirada. Fueron solo unos instantes y cuando acabo el contacto visual me saludo cortésmente y me entrego
un paquete, que yo apoye en el suelo, tendiéndole mi chaqueta esperando un si
como respuesta, recordando lo que Is me había pedido hace unas horas, él, al ver la chaqueta con una sonrisa me pregunto:
-¿Me está usted prestando su chaqueta para que me
vaya a casa sin frio?
-claro. Cójala rápido, que me está empezando a dar
congelamiento. Por cierto, sé que olvido su chaqueta en su casa. Ya que su
hija, Isabel, me pidió por teléfono que se la prestara. Tiene suerte de que
seamos amigas.- me reí guiñándole un ojo al hombre gordo y barbón que estaba en
frente mío.
-Muchas gracias, señorita Amelia, lo tendré en
consideración.- me devolvió el guiño y partió caminando a su casa.
Cerré la puerta. Observe el paquete del suelo, que
sin abrirlo averiguaba que era un oso de
peluche de aquel chico que se titulaba en sus cartas como “El Admirador
Secreto” o el EAS. Pero me pareció el papel de envoltorio tan horrible y la
forma de tratar el papel tan disparejo, y no delicado como EAS siempre lo hacia, entonces de inmediato descarté mis pensamientos.
No era EAS. Era otro muchacho. Caminé lentamente por el pasillo que daba a mi
pieza y en cuanto estuve adentro de esta, abrí el regalo que me habían enviado
por el correo a casa. El presente me paralizó. Era un oso de peluche, como
estimaba. Pero era negro y de ojos rojos. Eso, sin embargo, no fue lo peor. Ya
que en su abdomen tenía escritos con verdadera sangre.
“Te estoy observando”
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